Carretera Austral. Foto: Klaus Bittermann.

Pedaleando por la Carretera Austral (1/2)

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Después de cruzar una de las fronteras, hasta el momento, más técnicas y bonitas del viaje, proseguí con Fer hasta alcanzar la famosísima Carretera Austral. Fer no se encontraba muy bien y decidió quedarse en Villa O’Higgins. Yo tenía demasiadas ganas de pedalear: estaba en la Carretera Austral y no llovía. Imposible quedarme a las puertas de tal espectáculo, ¡tenía que continuar!

Me despedí de Fer con un hasta pronto y empecé a pedalear en solitario hacia el norte, lleno de entusiasmo. No podía estar más feliz, estaba en la Carretera Austral y ahora todo dependía de mis piernas. Los primeros 50 kilómetros fueron alucinantes: primero bordeé el inmenso lago Cisnes; después el camino seguía la ladera de la montaña, de la que manaba agua en decenas de impresionantes cascadas.

Rodeando el lago Cisnes en la carretera Austral.

De vez en cuando aparecía un ciclista en sentido contrario; parecían más preocupados por los horarios del barco que de contemplar el escenario que nos rodeaba. Empecé a pensar que a lo mejor este paisaje no era nada comparado con los que tenían que venir :).

Cientos de cascadas durante todo el camino.

Estaba tan asombrado por toda la exuberante naturaleza que me rodeaba… Los lagos, las cascadas, la nieve de las montañas… Allá donde miraba, me quedaba asombrado. Iba ensimismado, pedaleando con la boca abierta, y así, casi sin darme cuenta llegué a un refugio para ciclistas, muy famoso entre la comunidad. Ya casi estaba oscureciendo y parecía que iba a llover así que había llegado al sitio perfecto para pasar la noche.

Calentando el refugio ciclista donde iba a pasar la primera noche de la Carretera Austral.

No había nadie dentro. Dejé las alforjas, y me dirigí a buscar agua y recoger algunas ramas para hacer fuego; las que encontré estaban muy húmedas para que prendieran pero tenía que intentarlo. Con paciencia y haciendo trampas con un poco de gasolina conseguí encender el fuego. Ya tenía mi hoguera y podía secar mis botas, calentarme y disfrutar del hipnotizante baile de sus llamas…  Al rato llegó un hombre, llevaba una boina, un cuchillo en la cintura y le acompañaban seis perros. Nos presentamos, se llamaba Beta y vivía a dos kilómetros del refugio, más tarde me enteré de que era un famoso gaucho de la Patagonia. Como se estaba haciendo de noche, quedamos que al día siguiente le iría a visitar antes de salir.

Amanece en el interior del refugio.

Al día siguiente retrocedí dos kilómetros hasta la casa de Beta, enseguida me invitó a tomar un mate y conversar. Hablamos de su trabajo, de Chile y de los ciclistas que todos los años veía pasar por delante de su casa. Me explicó que el refugio en el que yo había dormido pertenecía al dueño de los terrenos que él cuidaba. De vez en cuando se acercaba hasta él y guardaba leña en el porche para que estuviera seca y los ciclistas la pudieran utilizar para calentarse; en esta zona llovía cada día y con la humedad y la temperatura era muy difícil secar la ropa. Dentro de casa de Beta se estaba calentito. No dejaba de añadir leña a la estufa, que también utilizaba de cocina. Me informó de que iba a preparar unas tortas fritas: limpió la mesa, y empezó a amasar la harina con levadura, grasa y sal. Después, con la ayuda de una botella de ron estiró toda la masa en la mesa y comenzó a cortarla en rectángulos idénticos para sumergirlos en el aceite caliente de la sartén. Puedo asegurar que aquellas son unas de las tortas más ricas que he probado nunca… ¡Beta era todo un maestro!

Beta en el ajo.

Y así, conversando, riendo y comiendo se nos hizo de noche por lo que Beta me ofreció una cama libre para pasar la noche. Antes de irnos a dormir Beta preparó un delicioso guiso de arroz, patatas y cebolla, que disfrutamos acompañado de unos vasos de vino chileno. Un día me bastó para comprobar la calidez y la hospitalidad gaucha. De diez.

Foto de recuerdo con Beta en el interior de su casa.

Al día siguiente me despedí del amable Beta, no sin antes desayunar y volver a disfrutar de las tortas fritas, especialidad de la casa. Llovía, así que me empecé a pedalear raudo y sin importarme mucho, ya que tenía entendido que en mi destino, el puerto Río Bravo, donde debía coger un barco hasta Puerto Yungay, había una casa en la que me podría refugiar y secar y pasar la noche bajo techo. Y así fue. Llegué temprano y monté la tienda en el interior, arreglé algunos desperfectos de la bicicleta, me preparé una sopa caliente, leí un rato y a dormir. En plena noche unos ruidos me despertaron, desde la tienda pude distinguir unas luces que alumbraban la caseta. Oí las voces y… ¡sorpresa, eran los hermanos alemanos Kai y Klaus! Entraron al refugio y nos saludamos entre risas y alegría, y mientras ellos montaban su tienda nos contamos nuestras primeras experiencias en la Carretera Austral.

Con Kai en la caseta de espera del puerto, utilizada por muchos ciclistas como refugio. Foto: Klaus Bitterman.

A la mañana siguiente, recogimos nuestros compamentos y nos dirigimos a la embarcación de Río Bravo que nos llevaría al puerto Yungay, desde allí empezaríamos la ruta juntos hasta Caleta Tortel, uno de los pueblos más curiosos de toda la Carretera Austral.

Camino al puerto Yungay, preparando la ruta con Kai. Foto: Klaus Bitterman

Desembarcamos y emprendimos la ruta. El camino hacia Caleta Tortel estuvo a la altura de nuestras expectativas: cada curva del camino y cada puerto que superábamos nos obligaba a parar y a contemplar la belleza de la mítica carretera Austral. Sin darnos cuenta llegamos a Caleta Tortel; allí nos dirigimos a un refugio abandonado ubicado en el mismo aeropuerto (otros cicloviajeros nos habían comentado que se podía pasar la noche ahí). Efectivamente, el personal del aeoropuerto nos dio permiso para descansar ahí unos cuantos días.

El refugio del aeropuerto de Caleta Tortel.

Nos habían contado que muchos chilenos consideran Caleta Tortel como una ciudad mágica, así que la visita era casi obligada. ¡Y nos encantó! Las calles de este pintoresco pueblo son pasarelas de madera, así que todo aquel que lo habite o lo visite está obligado a caminar: los coches y las bicis se quedan en la entrada, solo hay espacio para el viandante.

Un pueblo de pasarela.

Finalmente estuvimos dos días en Caleta Tortel, queríamos partir pronto para llegar a tiempo al pueblo de Cochrane donde se iban a celebrar una de sus fiestas más famosas, que, por supuesto, queríamos presenciar. A medida que íbamos pedaleando dejando atrás Caleta Tortel podíamos ver cómo el paisaje se transformaba ligeramente: la humedad iba desapareciendo, el Sol se dejaba ver y la vegetación se iba espaciando.

Llegamos a Cochrane justo a tiempo para disfrutar de su llamado encuentro costumbrista: se celebraban jineteadas, se cocinaban asados, y había juegos y música en directo. Dejamos las bicis en un camping para poder disfrutar de la fiesta sin preocupaciones; allí nos reunimos con Fer, que también se unía a la fiesta :). ¡Y menuda fiesta! Había decenas de puestos de comida: vendían empanadas, tortas fritas, papas fritas, choripán, asado… y todo tipo de bebidas como vino, cerveza, terremoto, navegado, vino caliente con naranja… ¿Mi recomendación? No vayáis, estos gauchos comen fatal… :P

Músico gaucho en el encuentro costumbrista de Cochrane.

El olor de comida rodeaba un escenario donde tres músicos con sus guitarras improvisaban música folclórica chamamé. Al lado del recinto principal se celebraba uno de los actos centrales de la fiesta, la jineteada gaucha. Hombres de Argentina, Uruguay y Chile, ataviados con sus ropas gauchas tradicionales, intentaban sostenerse sobre un potro durante quince segundos mientras jinetean y golpean al animal para que se altere y se contorsione. Al final, la exhibición es evaluada por unos jueces, que eligen las mejores jineteadas. Comprobé, de nuevo, cómo la relación con los animales (o mejor, la explotación) está en el centro de muchas de las festividades y encuentros sociales alrededor del mundo. Me pregunto si quizá es el momento de cuestionar esta relación tan desigual…

Las famosas jineteadas gauchas.

Después de unos días de descanso en Cochrane, la carretera nos llamaba, así que volvimos a la carga. Ahora éramos cuatro, así que para organizarnos (los cicloviajeros somos control freaks, you know) decidimos hacer dos grupos para las comidas, así que yo haría equipo con Fer.

Fer, Klaus y Kai avanzando hacian las montañas nevadas de la Patagonia chilena.

De camino a Villa Cerro Castillo, nuestro próximo destino, pudimos disfrutar de varios espectáculos paisajísticos que ofrece la carretera Austral. Uno de ellos es la confluencia del río Baker con el río Nef, un escenario de agua y fuerza que parecía no tener fin.

Confluencia del río Baker con el río Nef.

Otro de los lugares de visita obligada era la llamada Capilla de mármol, un grupo de grandes rocas con sorprendentes formas ubicado en el lago General Carrera. En Puerto Río Tranquilo nos detuvimos para embarcarnos en el bote que nos llevaría hasta esta maravilla natural que, de hecho, es un monumento nacional chileno. Partimos pronto, sobre las 8 de la mañana, y a medida que avanzábamos por el enorme lago, el Sol iba apareciendo y el agua se iba volviendo más y más turquesa. El bote nos llevó hasta las rocas, y atravesámos el interior de las cavidades que se formaban, pudiendo ver de cerca y tocar las diferentes texturas de las rocas. Finalmente, rodeamos las famosas Catedral y Capilla de Mármol. Había visto fotografías del lugar, y la realidad es que me imaginaba que fuera algo más grande e imponente. A pesar de todo, me pareció espectacular navegar por esas aguas turquesas que veíamos desde la carretera, poder tocar las rocas y ver las caprichosas formas que habían tomado y que el guía nos iba mostrando.

Al regresar de la excursión, retomamos la ruta y después de unos 40 kilómetros decidimos acampar en el interior de una cada abandonada. Aquella tarde no llovía así que las condiciones fueron perfectas para hacer una hoguera, calentarnos y cenar calentito bajo la mirada de millones de estrellas :). Klaus y Kai aprovecharon para calentar un poco de pan al estilo stockbrot alemán, así que de postre… ¡pan con mantequilla!

Al cabo de dos días de pedaleo bajo la lluvia, con viento y frío, llegamos por fin a Villa Cerro Castillo. Los hermanos Klaus y Kai querían hacer una ruta de cuatro días por la Reserva Nacional Cerro Castillo, y Fer y yo optamos por la de un día. Nuestros caminos se separaban de nuevo, así que continué el camino acompañado de Fer, la gran cicloviajera argentina ¡y mejor amiga! Nos despedimos de Klaus y Kai con la convicción de que si lo que quedaba de Carretera Austral era igual que lo que habíamos visto, la aventura estaba garantizada.

El equipaso de la Carretera Austral :).
× La aventura sigue en el siguiente enlace.

Comentarios

  1. Me encanta tu relato, sigo tu aventura con entusiasmo esperando tu próximo blog un abrazo muy fuerte.

    1. Poco a poco van saliendo del horno los relatos… :p

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